Plaza Brasil:
El ir y venir del Galpón Víctor Jara
El ir y venir del Galpón Víctor Jara
Tiene ya siete años de existencia, los cuales no han estado exentos de polémica. ¿Por qué clausuraron un espacio que busca ser de cultura y arte? ¿Por qué volvió a funcionar?
María Ignacia Sáiz Lynch
La fachada del Galpón, ubicado en calle Huérfanos, frente a la Plaza Brasil, luce limpia y renovada. Hace un par de meses, era completamente roja y se diferenciaba de la Fundación del mismo nombre, que está justo a un lado. Hoy ambas edificaciones están decoradas iguales; un dibujo del mar en tonalidades celestes, con barquitos de papel, y un rosado alegre en el cielo. A la derecha un hombre cantando y una frase: “Justicia. Trabajo. Libertad”. Da la impresión de que es una casa vieja que ha sido adaptada para promover el arte con tranquilidad. Pero esta casona tiene más carrete que eso.
La fachada del Galpón, ubicado en calle Huérfanos, frente a la Plaza Brasil, luce limpia y renovada. Hace un par de meses, era completamente roja y se diferenciaba de la Fundación del mismo nombre, que está justo a un lado. Hoy ambas edificaciones están decoradas iguales; un dibujo del mar en tonalidades celestes, con barquitos de papel, y un rosado alegre en el cielo. A la derecha un hombre cantando y una frase: “Justicia. Trabajo. Libertad”. Da la impresión de que es una casa vieja que ha sido adaptada para promover el arte con tranquilidad. Pero esta casona tiene más carrete que eso.
El 2002 se inauguró el Galpón con bombos y platillos. La Fundación Víctor Jara aprovechó una vieja bodega para convertirla en un espacio que prometía ser de recreación en base a la cultura y el arte. Los Prisioneros y Los Jaivas, entre otras bandas “amigas” –como cuentan fuentes de la fundación– dieron inicio a este espacio cultural. Sin embargo, ya en 2003 comenzó a presentar problemas.
Según cuentan los vecinos del sector, el Galpón era utilizado desde sus comienzos para tocatas y eventos musicales nocturnos. Éstos terminaban en horas de la madrugada y el efervescente público juvenil salía del lugar a la plaza, haciendo ruido y desorden: “Hacían harto desorden, tomaban ahí mismo, todos los fines de semana era igual”, dice Sergio Maureira, quien trabaja hace 19 años frente a la plaza.
En 2008, cuando los reclamos y quejas de los vecinos llegaron por fin a los oídos de la Municipalidad de Santiago, se ordenó a la Dirección de Inspección General que realizara una investigación en relación al Galpón y su funcionamiento. En dicha operación, se concluyó que el lugar no cumplía con los requisitos mínimos de infraestructura establecidos por la ley, de acuerdo a las normas de la Dirección de Obras del municipio.
Además, se acusó a la Fundación de no cumplir con las limitaciones de su patente: el Galpón Víctor Jara tenía permitido el funcionamiento de acuerdo a la patente de “peña folklórica”, que restringe el tipo de eventos y el tipo de bebidas alcohólicas que pueden venderse al público.
Así fue como a principios de este año se declaró la clausura del lugar. Llegó Carabineros y junto con personal de la municipalidad pegaron calcomanías en la puerta de la Fundación y en el portón metálico del Galpón. Y ese mismo día en la noche ya había un grupo de manifestantes reacios a la decisión del municipio.
Arturo Clark, encargado del Galpón, cuenta que la Dirección de Inspección General les había entregado una advertencia que decía que el lugar debía remodelarse para cumplir con las normas. Explica que uno de los problemas era, por ejemplo, el hecho de que el galpón no tiene baños: el público debe utilizar los baños de la fundación, a través de una conexión interna entre las dos edificaciones. Sin embargo, dicho enlace entre los dos inmuebles son ilegales puesto que se trata de dos edificios con roles distintos y en los planos oficiales no está estipulado ese vínculo.
Clark reconoce que hay responsabilidad por parte de la fundación. Se les avisó con anticipación sobre los cambios que debían realizarse, pero no hicieron nada: “nos olvidamos que los plazos vencían”, cuenta. Sin embargo, dice que la municipalidad y Carabineros han aprovechado otras circunstancias para culpar al Galpón, como desórdenes causados por transeúntes para decir que es público del lugar. Dice que hay cierta persecución y afanes políticos en la clausura del lugar, por la marcada tendencia socialista de la fundación
Gabriel Droguett, encargado de la zona centro poniente de la Dirección de Inspección General, desmiente que se trate de asuntos políticos y cuenta que el Galpón Víctor Jara ha faltado a las normas desde sus inicios: “tienen una patente específica, pero se salen de lo que les corresponde y hacen tocatas de todo tipo, venden todo tipo de alcohol, y entra más gente de lo que la infraestructura permite”, afirma. Droguett denuncia que en el lugar se desarrollan situaciones irregulares constantes de acuerdo a la Ley de Urbanismo y Construcción.
Clark confiesa que dichas acusaciones son veraces. Si bien el Galpón está capacitado para 500 personas, él declara que en más de alguna oportunidad la cifra de asistentes ha sido mayor, aunque “por culpa de terceras personas”, por incumplimiento de contrato –en los casos en que el local se arrienda a bandas para que realicen tocatas–. También confiesa que se desarrollan conciertos y actividades que se salen de lo que es la patente, que sólo permite expresiones musicales folclóricas, como en los casos en que se han presentado bandas de punk y rock.
Simón Aniñir, productor de eventos de la Fundación Víctor Jara, apoya la idea de Droguett de que se trata de una persecución política. Cuenta que el Galpón fue reabierto cuando se amenazó a la municipalidad con que se iba a instalar un escenario con bandas conocidas frente al edificio municipal. Fue entonces cuando la Alcaldía –presidida actualmente por el edil Pablo Zalaquett (UDI)– junto al Concejo, se reunió con los representantes de la Fundación para llegar a un acuerdo.
La versión oficial de la Municipalidad no incluye dicha amenaza. Sólo se dice que en dicha reunión se acordó que se reabriría el Galpón con la condición de que se realizaran las adaptaciones infraestructurales correspondientes y que se cumpliera con la patente, desarrollando actividades culturales enmarcadas sólo en el folclor.
Y desde entonces no ha habido mayores problemas. Maureira, y otros vecinos del sector, cuentan que en los últimos meses los desórdenes han sido mínimos y que se ha regularizado la situación.
Droguett, entre risas, dice que sólo ha habido un par de tocatas de rock, y que tienen un proyecto de unificación de la Fundación y el Galpón para que el uso de los baños sea legal. “Aunque igual va a salir plata, así que todavía no. Al menos ya no dejamos que toquen bandas punk, porque quedaba la cagá”.-