martes, 1 de diciembre de 2009

El ir y venir del Galpón Víctor Jara

Plaza Brasil:
El ir y venir del Galpón Víctor Jara

Tiene ya siete años de existencia, los cuales no han estado exentos de polémica. ¿Por qué clausuraron un espacio que busca ser de cultura y arte? ¿Por qué volvió a funcionar?

María Ignacia Sáiz Lynch
­­­­­
La fachada del Galpón, ubicado en calle Huérfanos, frente a la Plaza Brasil, luce limpia y renovada. Hace un par de meses, era completamente roja y se diferenciaba de la Fundación del mismo nombre, que está justo a un lado. Hoy ambas edificaciones están decoradas iguales; un dibujo del mar en tonalidades celestes, con barquitos de papel, y un rosado alegre en el cielo. A la derecha un hombre cantando y una frase: “Justicia. Trabajo. Libertad”. Da la impresión de que es una casa vieja que ha sido adaptada para promover el arte con tranquilidad. Pero esta casona tiene más carrete que eso.


El 2002 se inauguró el Galpón con bombos y platillos. La Fundación Víctor Jara aprovechó una vieja bodega para convertirla en un espacio que prometía ser de recreación en base a la cultura y el arte. Los Prisioneros y Los Jaivas, entre otras bandas “amigas” –como cuentan fuentes de la fundación– dieron inicio a este espacio cultural. Sin embargo, ya en 2003 comenzó a presentar problemas.

Según cuentan los vecinos del sector, el Galpón era utilizado desde sus comienzos para tocatas y eventos musicales nocturnos. Éstos terminaban en horas de la madrugada y el efervescente público juvenil salía del lugar a la plaza, haciendo ruido y desorden: “Hacían harto desorden, tomaban ahí mismo, todos los fines de semana era igual”, dice Sergio Maureira, quien trabaja hace 19 años frente a la plaza.

En 2008, cuando los reclamos y quejas de los vecinos llegaron por fin a los oídos de la Municipalidad de Santiago, se ordenó a la Dirección de Inspección General que realizara una investigación en relación al Galpón y su funcionamiento. En dicha operación, se concluyó que el lugar no cumplía con los requisitos mínimos de infraestructura establecidos por la ley, de acuerdo a las normas de la Dirección de Obras del municipio.
Además, se acusó a la Fundación de no cumplir con las limitaciones de su patente: el Galpón Víctor Jara tenía permitido el funcionamiento de acuerdo a la patente de “peña folklórica”, que restringe el tipo de eventos y el tipo de bebidas alcohólicas que pueden venderse al público.

Así fue como a principios de este año se declaró la clausura del lugar. Llegó Carabineros y junto con personal de la municipalidad pegaron calcomanías en la puerta de la Fundación y en el portón metálico del Galpón. Y ese mismo día en la noche ya había un grupo de manifestantes reacios a la decisión del municipio.


Arturo Clark, encargado del Galpón, cuenta que la Dirección de Inspección General les había entregado una advertencia que decía que el lugar debía remodelarse para cumplir con las normas. Explica que uno de los problemas era, por ejemplo, el hecho de que el galpón no tiene baños: el público debe utilizar los baños de la fundación, a través de una conexión interna entre las dos edificaciones. Sin embargo, dicho enlace entre los dos inmuebles son ilegales puesto que se trata de dos edificios con roles distintos y en los planos oficiales no está estipulado ese vínculo.

Clark reconoce que hay responsabilidad por parte de la fundación. Se les avisó con anticipación sobre los cambios que debían realizarse, pero no hicieron nada: “nos olvidamos que los plazos vencían”, cuenta. Sin embargo, dice que la municipalidad y Carabineros han aprovechado otras circunstancias para culpar al Galpón, como desórdenes causados por transeúntes para decir que es público del lugar. Dice que hay cierta persecución y afanes políticos en la clausura del lugar, por la marcada tendencia socialista de la fundación


Gabriel Droguett, encargado de la zona centro poniente de la Dirección de Inspección General, desmiente que se trate de asuntos políticos y cuenta que el Galpón Víctor Jara ha faltado a las normas desde sus inicios: “tienen una patente específica, pero se salen de lo que les corresponde y hacen tocatas de todo tipo, venden todo tipo de alcohol, y entra más gente de lo que la infraestructura permite”, afirma. Droguett denuncia que en el lugar se desarrollan situaciones irregulares constantes de acuerdo a la Ley de Urbanismo y Construcción.

Clark confiesa que dichas acusaciones son veraces. Si bien el Galpón está capacitado para 500 personas, él declara que en más de alguna oportunidad la cifra de asistentes ha sido mayor, aunque “por culpa de terceras personas”, por incumplimiento de contrato –en los casos en que el local se arrienda a bandas para que realicen tocatas–. También confiesa que se desarrollan conciertos y actividades que se salen de lo que es la patente, que sólo permite expresiones musicales folclóricas, como en los casos en que se han presentado bandas de punk y rock.

Simón Aniñir, productor de eventos de la Fundación Víctor Jara, apoya la idea de Droguett de que se trata de una persecución política. Cuenta que el Galpón fue reabierto cuando se amenazó a la municipalidad con que se iba a instalar un escenario con bandas conocidas frente al edificio municipal. Fue entonces cuando la Alcaldía –presidida actualmente por el edil Pablo Zalaquett (UDI)– junto al Concejo, se reunió con los representantes de la Fundación para llegar a un acuerdo.

La versión oficial de la Municipalidad no incluye dicha amenaza. Sólo se dice que en dicha reunión se acordó que se reabriría el Galpón con la condición de que se realizaran las adaptaciones infraestructurales correspondientes y que se cumpliera con la patente, desarrollando actividades culturales enmarcadas sólo en el folclor.



Y desde entonces no ha habido mayores problemas. Maureira, y otros vecinos del sector, cuentan que en los últimos meses los desórdenes han sido mínimos y que se ha regularizado la situación.
Droguett, entre risas, dice que sólo ha habido un par de tocatas de rock, y que tienen un proyecto de unificación de la Fundación y el Galpón para que el uso de los baños sea legal. “Aunque igual va a salir plata, así que todavía no. Al menos ya no dejamos que toquen bandas punk, porque quedaba la cagá”.-

Un héroe voluntario y cotidiano

Quince años como bombero:
Un héroe voluntario y cotidiano

Rodrigo Astudillo (33) ha dedicado casi la mitad de su vida al servicio. Tiene título de Ingeniero Comercial, pero su mundo gira en torno a la 9na. Compañía de Bomberos de Santiago. Su historia refleja el valor, el heroísmo y la voluntad que tienen en el alma estos enemigos del fuego.

Por María Ignacia Sáiz

Es un día tranquilo en el cuartel, ubicada en Compañía con Maturana. Los bomberos están vestidos de civiles, repartidos en el segundo piso de la que llaman su casa; unos en las piezas conversando, y un par jugando Play Station en la mesa de la cocina. Rodrigo Astudillo se pasea por el primer piso con un cigarro encendido.

La 9na Compañía de Bomberos de Santiago tiene tres pisos, en los que están distribuidas las piezas, un casino, una terraza techada, un salón de juegos y los baños, parecidos a los de los centros comerciales. Es el hogar para estos hombres, en él están la mayor parte del tiempo, aunque todos estudian o tienen un trabajo remunerado. Aquí comen y duermen, siempre listos para atender las emergencias que puedan presentarse. Noventa bomberos conviven en esta compañía, y Rodrigo es uno de ellos.

Desde muy pequeño quiso dedicarse a esto: era un sueño que hizo realidad a los 17 años cuando postuló al Cuerpo de Bomberos de Santiago. Paralelo a este voluntariado, estudió ingeniería comercial en la Universidad Andrés Bello. Trabajó en Mitsui y Forum, en el rubro de los seguros automotrices, y luego en Scotiabank, banco del que se retiró en marzo de este año. Salió premiado el mejor ejecutivo dos veces. Todo esto, compatibilizado con su dedicación al servicio.

Rodrigo ha arriesgado la vida numerosas veces: una de ellas fue en el noticioso incendio de Compañía con Libertad, a ocho cuadras del cuartel, en mayo del año pasado. Fue él quien, cuando iba camino a la casa de su madre, vio el humo saliendo por arriba de la edificación. Reaccionó de inmediato: estacionó el auto, subió a ver qué ocurría y se dio cuenta de que se estaba quemando la casa entera. Llamó a los bomberos y, mientras ellos llegaban, él evacuó a las personas. Pero él lo toma con humildad:

– El hecho de sentirte héroe, hace que no asimiles los riesgos del trabajo. Esta es una pega súper riesgosa – afirma.

Los gajes del oficio de los bomberos incluyen el toparse a menudo con la muerte. Como cuentan los voluntarios de la 9na Compañía, a todos les ha tocado ver a alguien quemado, a un muerto, o enfrentar una situación difícil.

– Me ha tocado ver guagüitas calcinadas. La otra vez encontramos un niño de trece años que falleció por inhalar monóxido de carbono en el baño. Ahí te empiezas a cuestionar muchas cuestiones de la vida – cuenta Rodrigo.

A Rodrigo le marcó esta historia porque él es padre de un hijo de dos años, que tuvo con su ex polola, hija de un compañero de la compañía.
Si toparse con la muerte es difícil, lo es aún más cuando se trata de un amigo. Y eso es algo que a los bomberos les toca vivir. Juan Aranda era voluntario de la 9na Compañía y murió de un infarto en una de las emergencias. Rodrigo era su amigo, y le tocó atenderlo hasta que llegó la ambulancia:

– Que se muera un amigo tuyo es súper complicado, más aún cuando se desmayó al lado tuyo. Y que a la media hora te llamen para avisar que falleció es terrible – dice.

Sin embargo, los bomberos son felices, y todos afirman que si el trabajo fuera remunerado, no lo harían. Algunos llevan cinco décadas combatiendo las llamas. Rodrigo es feliz con su vida, entregada casi por completo al servicio:

– Yo admiro la pega que hago. Sonará un poco a ego, pero es así –.





Brasil: de barrio rico a barrio carretero

En un siglo pasó a ser de cuna de la alta alcurnia a sede del carrete desenfrenado
Brasil: de barrio rico a barrio carretero

Frondosos árboles y altas palmeras adornan la Plaza Brasil. Está soleado y los transeúntes caminan por la avenida del mismo nombre a sus respectivos oficios: unos, enajenados a trabajar, otros, tranquilos a compartir una copucha del barrio. Ninguno parece sorprenderse por cómo está el barrio hoy, en comparación a cómo fue en antaño.

Por María Ignacia Sáiz

La luz del día ilumina el barrio y se observa gran movimiento: autos que van y vienen por la Avenida Brasil, gente caminando, comerciando, trabajando. Un retén móvil de carabineros está ubicado a un lado de la plaza, por lo que la tranquilidad pareciera abundar.

Sin embargo, el panorama de las noches de fin de semana es distinto. Si uno se levanta temprano un domingo, y ve la plaza y los alrededores, podrá contar cientos de botellas, papeles, cajetillas de cigarro, colillas de pitos de marihuana e, incluso, condones usados. Y es que el barrio brasil ha pasado, durante los últimos 15  o 10 años, a ser una atracción nocturna para los jóvenes carreteros.

A principios de 1900 el Barrio Brasil se renovaba, se construía la plaza –cuyo nombre lo obtuvo debido a la excelente relación diplomática que nuestro país mantenía con Brasil en ese entonces-, se transformaba un caudal de acequias del centro de Santiago en la que ahora es la avenida principal. Un grupo de chacras fueron convertidas en un lujoso y armonioso barrio, donde se ubicaron importantes familias de clase alta. Con el correr de los años, Santiago se expandió hacia el oriente y estas adineradas familias se fueron trasladando a otros sectores, como Providencia y Ñuñoa, con lo que Brasil fue quedando abandonado y viejo, pasando a la historia.


Hoy las antiguas casonas se han transformado en casas de estudio, museos, pensiones y hogares de familias de clase media. El barrio presenta diversos problemas, los cuales no han sido resueltos por las gobernaciones municipales de los últimos años. La alta contaminación del aire y del suelo, la delincuencia, los carretes nocturnos por la gran cantidad de bares y pubs que se han ido instalando: estos son los problemas que aquejan a la población ‘brasileña’.

En los últimos meses, se han ido tomando medidas de seguridad, como el retén móvil permanente durante los días de semana y la coordinación con Seguridad Ciudadana. Esto, luego de que aumentaran los asaltos a los escolares en las horas de salida de los más de 15 colegios que hay en el sector.
No obstante, estas medidas no atacan al problema que tiene angustiados a los residentes del barrio: el carrete nocturno. Gran cantidad de jóvenes siguen llegando en las madrugadas a la plaza: consumen alcohol, trafican drogas, se pelean a botellazos y tienen relaciones sexuales en plena calle. La mayoría de estos jóvenes no son residentes del barrio, sino que van a carretear, a los pubs y bares, y cuando el carrete termina, causan desorden.

Carabineros aparece con sus patrullas todos los fines de semana, se llevan detenidos, tratan de apaciguar las fiestas juveniles. Pero los jóvenes llegan a los bares y a la salida, bajo los efectos del alcohol y con la adrenalina en sus cuerpos, no acatan las órdenes. El flujo de jóvenes va variando, pero, según cuentan los residentes, todos los fines de semana hay ruidos molestos y escombros en las mañanas: residuos del carrete desenfrenado.